En algún lugar del cielo francés. 4 de diciembre de 2012

Cuando uno está acostumbrado a viajar en low-cost, el tipo de vuelo al que estamos relegados los de la working class si queremos viajar unas cuantas veces al año, ciertas comodidades de los vuelos tradicionales nos parecen un lujo.

Que te ofrezcan comida, bebida, un periódico; algo que debería ser considerado normal por el simple hecho de hacer más cómodo un viaje claustrofóbico, masificado y trémulo.

‘Would you like something to eat’, ‘would you like something to drink’, ‘orange juice?’ ‘Yes, sure, do you want it with ice?’.

La azafata viene, se acerca a tu asiento, te ‘would you want’ y tú lo coges y te lo comes por el simple placer de ser bien atendido, con esas sonrisas corporativas y esa ropa tan bien planchadita y ese moño tan pegado al resto del pelo que sería lo único que sobreviviría a un  accidente de avión.

Yo, que no estoy acostumbrado a tanta atención, he respondido con un ‘yes, thank you’ tan tímido como casi inaudible, y en ese momento me he dado cuenta de dónde estoy y hacia donde me dirijo. Ha sido ahí, en ese preciso momento en el que me he tenido que expresar en un idioma que finjo conocer, rodeado por personas que no hablan mi idioma ni harán ningún esfuerzo por hacerlo. Y la naturalidad de “dame un zumo de naranja” se ha convertido en un estricto ‘orange juice, please’. Y ya con ese pequeño paso, el de verse obligado a usar otro idioma ya empiezas a perder tu identidad, tan arraigada. Se desintegra poco a poco, como un arcoíris después de una copiosa lluvia, y seguramente solo te des cuenta del proceso cuando empieza o cuando ya acaba, nunca en el estado intermedio.

Y hay un miedo extraño e irracional a toda esa gente que aun no conoces, a todas esas costumbres y chascarrillos que no sabes identificar. Y al mismo tiempo abres gradualmente los ojos y las orejas, adquieres la habilidad de una esponja o de un papel de cocina de buena marca, dispuesto a absorber y observar, a escuchar y cosechar.

Y te das cuenta de cuando esa identidad ajena se introduce en la tuya y derriba los cimientos que la mantenían inmutable. Y todo se vuelve más líquido, como un agua que inunda los ríos y hace que los molinos funcionen a pleno rendimiento.

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