Londres, 12 de diciembre de 2012

Hoy me he obligado a escribir por la fecha tan curiosa que es (es la última de este siglo con tres números repetidos) y porque ya llevo una semana exacta aquí.

Soy de los que creen que las ciudades, más que verlas, hay que oírlas, y si se puede, olerlas. Las ciudades desprenden un olor especial, a veces real, a veces figurado, que te dice mucho sobre el tipo de sociedad que representan, sobre la gente que vive allí y sus formas de vida. Y aunque todas las ciudades, cuando ya has visto muchas, sean parecidas a la vista y al oído, siempre queda la diferencia del olor.

Y si me preguntas a qué huele Londres te diré que a comida y a dinero. A comida en las grandes avenidas de Camden, West Ham u Oxford Circus, a dinero en cada esquina, en cada pequeño comercio, en el sempiterno vagabundo pidiendo cash a la salida del metro y en la city, donde cientos, miles de empleados vestidos con traje impoluto salen y entran de trabajar a la misma hora.
Hoy he estado allí, y olía a dinero. A un dinero real, de billetes con pequeñas trazas de cocaína, y a un dinero figurado, de ese que se intercambia y vuela por la esfera de las finanzas sin llegar a materializarse en algo que se pueda tocar. Todo está hecho por, para y según el dinero. Incluso el plano de la ciudad, prácticamente redondo, parece una moneda de 10 pence un poco abollada por los lados.

Y en medio de la impersonalidad de los trajes, bufandas negras, take-aways y coffes-to-go, un pequeño rayo de imprevisibilidad. Un hombre con traje, camisa blanca, americana y corbata gris patinando en una pista de hielo de Liverpool St., dando vueltas una, otra y otra vez a la pista redonda. Como si incluso el pequeño resquicio de libertad que le deja su trabajo y su vida anodina tuviera vallas, restricciones. Pero ese hombre me hace agudizar el olfato y ya no es solo dinero lo que huelo, sino que por un mínimo instante también me llega el olor a sudor, a carne humana moviéndose, a cuerpos que se cruzan, abren la boca, sonríen y se rozan, que se tocan, que se acarician.

Y me acerco a donde patina el hombre, veo que hay una caseta cercana donde dispensan los patines. Voy hacia allí y pido un par; quiero formar parte de ese olor, de esa libertad vallada. El alquiler son 5 libras la hora.
Miro mi cartera. Tengo apenas dos con cincuenta.

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