Londres, 20 de diciembre de 2012

“Dans les bas, on se loge les uns sur les autres,on habite comme on peut, moitié camp de réfugié moitié poulets en batterie. On cherche du travail qui n’existe plus et du plaisir qui ne vient jamais”
Nicolas Ancion, Quatrième étage

Después de oír aquello de “el gran teatro del mundo” muchas veces, la frase empieza a estar agotada y tan vacía de contenido que ni siquiera te paras a pensar en lo que significa. No importan ya ni el ni gran ni teatro ni del ni mundo, porque es un “anda”, un “vale”, un “adiós”. Frases de marca blanca, como la mayoría de los productos que me veo obligado a comprar.

Sin embargo, minutos después de escuchar esa misma frase por enésima vez, me quedé pensando en lo que significa. Y joder, es que esta ciudad es un gran teatro. Hay miles de personas a las que alguien les obligó en algún momento a ser entusiastas, a ser simpáticas y alegres, educadas y con gracia, porque si no no obtendrán jamás un buen puesto de trabajo, no tendrán nunca amigos y serán relegados a vivir en una habitación mugrienta en el East End o directamente en la calle. Y entonces ves a toda esa gente fingiendo ser quien no son, fingiendo ser los más populares cuando en el colegio apenas hablaban con nadie o eran discriminados por tener las orejas un poquito apartadas del cráneo.

Te ves inmerso en ese torbellino de “sorry” “how are you today?” “that’s lovely, thanks” y ni siquiera te das cuenta de que tu no eres así, de que tú tienes días malos donde no abrirías la boca en todo el día, de que no te da la gana excusarte si alguien te roza la espalda por ir demasiado deprisa. Hay días en que simplemente no puedes ser entusiasta porque en esta ciudad gris, lluviosa y ultracapitalista el entusiasmo todavía no se vende por 2’99 en Tesco.

Escucharás quejarse a todo el mundo sobre los demás, sobre lo hartos que están de representar un papel. Y lo harás mientras se maquillan y se ponen las máscaras para salir a escena. Solo te serán francos en las bambalinas de una cerveza tarde en la noche o en un té de sobremesa.

Y tú, como buen inmigrante, solo quieres encajar y ser uno más, que no te identifiquen como el maleducado, el rarito o el amargado. Solo quieres salir ahí fuera y encontrar un trabajo y cobrar un sueldo semanal y que nadie se dé cuenta de que has venido de otro país, quieres pasar desapercibido como una lagartija en medio de hienas que se ríen jocosamente a tu alrededor. Y te conformas con tu sueldo mísero que apenas te da para comer carne una vez a la semana mientras esos ejecutivos se gastan cada noche lo que tú ganas en un mes. Y evidentemente tienes que sonreirles, acompañar sus gracias y pedirles perdón todas las veces que haga falta, porque ellos son el público que viene a ver la obra y tú de momento tienes la misma importancia que el que hacía de árbol en la obra del colegio.

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