Londres, 13 de febrero de 2013

Mi nueva habitación huele a viejo. A viejo y un poco a nuevo. Y hace frío.

Nunca he acabado de entender qué significa oler a viejo. Supongo que es el resultado de mezclar algunos de los olores característicos de la tercera edad: piel moribunda, colonia barata, ropa usada dos mil veces.

Mi habitación huele a viejo porque los muebles son viejos. Tanto que en uno de los cajones del armario he encontrado el Estado del Bienestar. La puerta chirría y no cierra bien. El papel de la pared fue azul. La silla en la que estoy sentado aquí, ahora, escribiendo estas líneas, es tan dura que podría picar cebolla en ella.

En mi nueva habitación hace frío. Tanto que me paseo por ella cubierto en una colcha del Primark que me costó 9 libras y una tarde de mala conciencia por comprar algo cosido por niños bangladesís en régimen de semiesclavitud. En mi nueva habitación hace frío porque el radiador funciona sólo por la noche, y aun así la temperatura a esta hora no supera los quince grados.

En mi nueva habitación me siento un extraño, en parte porque solo he dormido una noche aquí, oigo ruidos indescifrables que provienen del piso superior y voces en idiomas extranjeros. Conozco a dos -de tres- compañeros de piso. El primero, cuyo nombre he olvidado, es un señor húngaro con bigote. Los bigotes me gustan, siempre que sean reales, working class, y no esos cuatro pelos perfilados que llevan ahora los demasiado hipsters. Pues bien, este señor de bigote honrado y sonrisa amable me invitó a fish and chips la primera noche que estuve aquí. Dije que no tenía hambre, que me tenía que ir a trabajar. Él insistió, y como no me acordaba de en qué país del Este rechazar comida que te ofrecen es un crimen, comí con él, me empaché y llegué tarde a trabajar. Este señor, al que llamaremos Béla hasta que recuerde su nombre, trabaja los siete días a la semana conduciendo una furgoneta. Recuerdo que ayer cogía las patatas fritas con el dedo índice de su mano derecha porque el de la izquierda lo tenía cubierto por una aparatosa venda. No me atreví a preguntar por qué, pero seguramente nada escabroso, porque Béla es un buen tipo, un trabajador.

El otro compañero de piso que conozco es Dimitri. El nombre es real. Me lo encontré por primera vez ayer, mientras ordenaba en los armarios la poca compra que osé hacer en Lidl. Llevaba un cigarro de liar en la boca y pijama. Ojos soñolientos. Me dijo que era de Perpignan, así que le pregunté si hablaba catalán. Como tiene un acento francés bastante pegado a la lengua y en ese momento llevaba el cigarro en la boca, no entendí absolutamente nada de lo que me contestó. Así que me limité a sonreír y suponer que no, que no hablaba catalán, porque no nos engañemos; el porcentaje de jóvenes que hablan catalán en Perpignan tiene que ser bastante bajo. Él me preguntó por qué me había venido de Barcelona a Londres con el frío que hace aquí, y le contesté lo que le contesto a una media de diez personas a la semana: there are no jobs there, il n’y a plus de travail là-bas, non c’è lavoro, ništa, nada

Dimitri me mira con sus ojos negros soñolientos y asiente. Trabaja en un restaurante japonés. Un tipo francés con nombre ruso trabajando en un restaurante japonés. La globalización era esto. Me recomienda que compre un radiador eléctrico para combatir el frío. Pienso que es una buena idea, pero que lo compraré de segunda mano, porque ya he comprado una colcha enPrimark y una almohada enLidl y mi presupuesto semanal no está para alegrías de mayor calibre.

Lo que sí que he comprado es un ambientador, una de esas bolas de plástico tan aparentemente sofisticadas que parecen otras cosas, y luego te pasas la vida buscándolos y no los ves, porque tienen forma de tazas o libros o calcetines u otras cosas que todos tenemos en la habitación. De hecho, ahora que lo miro, ahí, encima de la estantería, pienso que si la pinto de plateado podría pasar por la estrella de la muerte. Incluso tiene una ranura en medio por donde se colaría el rubiales aquel con su nave.
La fragancia que suelta se llama Orchard Pear, y supongo que huele exactamente a eso, sea lo que sea.

Hoy he vuelto a casa y mi habitación ya no olía a viejo. Y hacía menos frío. Y la silla parece un poco más cómoda. Desde mi ventana se ve la calle, una avenida normal de un barrio normal en los suburbios de Londres. Miro hacia el exterior con afán de curiosidad, pero ya no hay nadie por la calle, ya no hay nada que ver. Y me siento un poco menos extraño.

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