Londres, 22 de abril de 2013

Pero ¿adaptarse a qué, exactamente?

Estuve pensando qué significa eso de adaptarse. El otro día, en el autobús. Observé a los viajeros con disimulo, escudriñando sus caras y perfiles, para comprobar si había alguien que encajara en mi grupo de edad y características físicas. El objetivo de todo esto no era más que intentar imitarlo. Imitar su pose, su acento, su forma de sonreír y de mirar, de gesticular con las manos.

Al principio no veía más que colegiales adolescentes con un uniforme muy informal. Todos se habían subido juntos, en la misma parada, con su más o menos maquillaje y su más o menos irritante tono de voz y su más o menos moderno smartphone. “Estos no me sirven”, pensé, consciente de que esa época de mi vida ya pasó hace algún tiempo y de que de todas formas un adolescente no es precisamente un modelo de adaptación.

Poco después, cuando los adolescentes ya se habían apeado para entrar en el instituto y el bus -supongo que por contraste- se transformó en una silenciosa y monocolor caja, me fijé en él. Era un chico de mi edad, de mi altura, con las características físicas de un inglés medio de mi edad y mi altura. “Perfecto”, me dije. “Voy a observarlo”.

El problema es que mi trayecto ya acababa, y en total solo lo pude observar unos pocos minutos. Me fijé en que cruzaba los brazos, se tocaba el pelo de vez en cuando y miraba a una chica que leía. Durante ese día lo intenté imitar: crucé los brazos y me toqué el pelo de vez en cuando y miré a más de una y más de dos chicas que leían.

Pero no me sentí más adaptado.

Al día siguiente -sábado- salió el sol. Cuando sale el sol en Londres la ciudad parece otra. Las calles, los edificios, los coches, los parques, las personas… Todo lo que normalmente es gris y triste se vuelve azul y alegre. La gente abre las cortinas de sus casas y deja entrar el sol por la ventana para que bañe también sus muebles y su suelo de moqueta y sus fotos de vacaciones en España colocadas armoniosamente en la cómoda del salón.
Y cuando abren las cortinas de sus casas, los ves. Ves el interior de su sala de estar, y a ellos en el sofá, viendo la televisión, o comiendo en familia, o tocando el piano, o discutiendo por nimiedades.

Yo, que no había olvidado mi propósito de adaptarme, los empecé a contemplar, girando mi cabeza hacia sus ventanas cuando caminaba por la calle. Y vi lo que hacían, y me pareció fascinante: la vida a través de una ventana. Ya sé que eso ya está inventado desde hace tiempo gracias a los zoológicos y a los creativos de Endemol, pero igualmente no me pude resistir a tomar algunas notas.

Vi que, al contrario de lo que me imaginaba, sus vidas no eran tan distintas de las mías. Que hacían más o menos las mismas cosas que haría yo si tuviera sala de estar o tele o una familia con la que comer en. Como ves, saqué muy pocas conclusiones; ya decía mi madre que lo mío no era la etnología.

Confuso y preocupado, me fui al parque a tomar un sol que ya se ponía. Y allí, tumbado sobre el césped, caí en un sueño profundo. Soñé que vivía en una burbuja de dos metros cuadrados que me separaba del mundo exterior. A veces esa burbuja se unía con otras burbujas para hacer burbujas más grandes donde cabíamos más personas. A veces esa burbuja se hacía más gruesa, a veces más fina. Pero nunca me abandonaba.

Cuando me desperté ya no había sol y las nubes habían vuelto a su lugar. La gente había cerrado las cortinas y todo volvía a ser gris. Y yo me fui a casa, sabiendo entonces que nunca me podré adaptar.

A fin de cuentas, como decía aquél, yo tampoco sé vivir; estoy improvisando.

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