Londres, 4 de mayo de 2013

Te escribo con una sensación extraña; a la falta de sueño de esta semana acabo de añadirle media botella de vino y siento mi cabeza como encerrada en el motor de un autobús.

Supongo que la media botella de vino (aunque me haya dado cuenta de ello a posteriori) ha sido mi forma de celebrar mis cinco meses aquí. Ya casi he igualado oficialmente el máximo tiempo que he pasado fuera de mi casa de toda la vida, una casa que cada vez se siente menos hogar y una vida que cada vez se siente menos toda.

Han sido cinco meses de subsistencia, de búsqueda de habichuelas y otras legumbres. Y ahora, que estoy en el segundo escalón de la pirámide, todo lo demás parece secundario, aunque evidentemente no lo es. Este back to the basics me ha enseñado a ver las cosas como son: una manzana es una manzana, un café es un café, una habitación es una habitación.

Ya sé que parece que la media botella de vino se me ha subido a la cabeza. Deja que me explique. Volvía a casa en bus esta mañana después de trabajar, y he tenido que parar en Notting Hill para coger el metro. Como hacía un poco de sol, me sentía un poco triste y no tenía ni unas pocas ganas de volver a casa tan pronto para encerrarme en mi habitación a feeling sorry for myself, he decidido dar un pequeño paseo.

He entrado en tres establecimientos. El primero, un supermercado de esos ecológicos, u orgánicos, o locales, o más llanamente, caros. Me ha llamado la atención porque acababa de leer este artículo y la curiosidad ha matado a mi gato. Y allí dentro, rodeado de manzanas ecológicas y mermeladas caseras, huevos sacados a mano de las gallinas e incluso olivas de la empresa donde trabajo, me he sentido simple. Demasiado simple. He salido corriendo de allí, angustiado por mi simpleza.

He entrado a una cafetería, pero mi sensación de angustia no ha hecho sino empeorar. He querido pedir un café, sólo eso: agua filtrada con frutos de cafeto. La muchacha (¿por qué nadie usa ya esa palabra?) me ha preguntado que qué tipo de café quería, señalando con el dedo un panel de pizarra negra que colgaba sobre su cabeza. Debajo del título coffee se amontonaban nombres y tamaños en una lista casi interminable: Espresso, Macchiato, Latte, Capuccino, Caramel Latte, Mocha, Vainilla Mocha, Cinnamon dolce latte, Frapuccino, Cocoa Capuccino, Skinny Caramel Latte, Dulce de Leche Capuccino y algunos más que no consigo recordar. Me he sentido más simple, más angustiado y ahora incluso más perdido. No sólo tenía que elegir algo más que un simple café, sino que encima tenía que hacerlo de una interminable lista. ¿Cómo elegir? ¿Era esto la libertad?.

He salido de la cafetería sin decir nada, ante la mirada extrañada de la barista. Quería irme a casa y encerrarme en mi habitación, pero justo antes de llegar a la boca del metro he visto una tienda de discos y he decidido entrar. La tienda, repleta de estantes y cajas con miles de vinilos, estaba muy concurrida. Gente de diferente pelaje agolpándose delante de los estantes, afilando sus uñas para pasar de un vinilo a otro. No me he podido creer que toda esa gente tuviera un tocadiscos en casa, así que le he preguntado a un chaval – que sostenía Green River, de la Creedence- si de verdad iba a escuchar ese disco en vinilo. Me ha sonreído con condescendencia y me ha contestado que tenía ese disco en su iPad y que no pensaba abrir el envoltorio del LP: ese disco era un must, y se debía de conservar en el mejor estado posible.

Y ahí ya sí que me he rendido. Me he despojado de la angustia y he buceado por la tienda. He encontrado este vinilo de Serrat. Me lo he llevado a casa y lo he puesto en mi estantería, para observarlo de vez en cuando, o más bien, para que él me observe a mí con ese ceño fruncido y esa cara de “a mí no me preguntes”.

Sé que mi simpleza es extraña, y que las cosas dejaron de ser sólo cosas hace ya mucho tiempo. Pero después de cinco meses donde lo único que me ha preocupado es saber si podré pagar el alquiler a principios de mes, el nombre de un café me importa bastante menos, y esto bastante más.

P.D. No notarías mucha diferencia entre hablar conmigo cuando era un niño y hablar conmigo ahora. Sigo teniendo los mismos sueños, aunque ahora quizás sea un poco menos cínico con respecto a cumplirlos. Malas noticias: no creas que ya eres algo, porque no es así. Sigues siendo tú en potencia.

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