Londres, 1 de julio de 2013

Hay niebla, como en un domingo de junio en Brighton,

y es tan espesa y tan gris como la duda.

Para orientarse entre esta niebla no sirven luces ni mapas, ni siquiera el instinto, al que ves (o más bien, imaginas) hundiéndose en la posibilidad de no arriesgarse. A medida que te acercas a la costa esperas que todo se aclare y la niebla deje paso a una visión clara del mar, de las olas chocando, furiosas o apacibles, pero al fin y al cabo eternas.

Pero cuanto más avanzas, más difícil es saber si el mar está realmente ahí, y aunque las gaviotas vestidas de pulcro blanco te digan que sí, que ahí está, no las quieres creer. Y avanzas descalzo por lo que parece una playa llena de rocas pequeñas y algunas conchas de colores pálidos, con el temeroso deseo de sentir el frescor y el sobresalto del agua rozando los dedos de los pies.

Sabes, intuyes, que hay más como tú caminando a tientas en la niebla. A veces están lo suficientemente cerca para tocarlos y entonces os reconocéis y decidís caminar juntos o desearos la mayor suerte del mundo.

De vez en cuando algún ¡chof! que te hace alzar la mirada pero también desconfiar. ¿Habrá en este mar alguna Moby Dick para darle sentido a todo?

En esta niebla avanzar es el único problema y la única solución

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