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Londres, 5 de diciembre de 2013

Al escoger entre dos o más opciones siempre hay una pérdida, por pequeña que sea. Siempre nos quedará el “qué hubiera pasado”. La vida, desgraciadamente, no es como esos libros de “escoge tu propia aventura”, donde si no te gustaba el final, podías elegir otro y el castillo todavía se aguantaba.

Aquí hay que apechugar. Si eliges esta opción, no puedes elegir la otra. No podemos hacer rewind. Y hay veces que tomar un camino en una encrucijada se hace tan difícil que desearíamos que alguien nos dijera qué hacer, dónde ir, o que nos diera más información sobre el camino; si va a haber piedras, árboles o jovencitos con carpetita de Oxfam pidiéndote que apadrines a un niño.

Los que sean supersticiosos pueden echarlo a cara o cruz, lo que sean religiosos pueden preguntar a Dios (y esperar respuesta), los que lo tengan todo muy claro pueden decidir sin pensar. El resto nos tenemos que arriesgar, y sufrir por equivocarnos y no poder volver atrás, y sufrir por no poderlo vivir todo, por no estar en todos los canales al mismo tiempo.

Antes, el que intentaba vivirlo todo, tomar muchos caminos, era considerado raro: lo correcto era, yo que sé, encontrar un trabajo y casarte y tener un hijo y una hija (ya sabéis, la parejita), y pagar impuestos y jubilarte y morirte de cáncer o de viejo. Eso, por suerte o desgracia, ya se acabó.

Ahora el pensamiento dominante es otro. “Experimenta”, “vívelo todo”, “prueba”. Fijaos en los anuncios de colonia, de coches, de lo que queráis. Os van a decir que toméis todos los caminos, que es bueno probarlo todo mientras paséis por caja y no os quejéis mucho. Y ahí entra nuestra ansiedad… ¿Qué hacer? ¿Me voy de voluntario a la India o busco unas prácticas en una revista de viajes? ¿Me compro un perro o una lámpara? ¿Me caso con Alberto o me voy a Alberta?

Es posible que escojas lo que escojas, te vayas a arrepentir. Pero siempre puedes empezar de nuevo. Dejarlo todo y cambiarte de nombre y de mujer e incluso de hijos. Hacer la maleta e irte a la carretera a esperar al tipo de la furgoneta

 

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Londres, 29 de Julio de 2013

Me disculpo por estar ausente tanto tiempo; vacaciones, altibajos, recuerdos, ansiedad. Excusas.

Tus postales de amor a Roma -porque lo creas o no, son de amor- me han dado ganas de echar el vuelo yo también, aunque no sepa el destino tan bien como tú, simplemente para poder hacer un epílogo tan lúcido como has hecho.

Podría escribir postales de amor de cada ciudad en la que he vivido, pero por alguna extraña razón (probablemente porque aún no la echo de menos), sería incapaz de hacer lo mismo con Londres.
El sábado pasado regresé de una de esas ciudades. He pasado once días allí, días de risas, buenos momentos y muchos recuerdos. Los guardé en la maleta y probé de traérmelos conmigo, pero lamentablemente tuve que dejarlos en tierra; la limitación de equipaje es férrea, y ¿sabes qué? Los buenos momentos pesan muchísimo.

Cuando caminaba por las calles de la ciudad donde viví tres de los mejores meses de mi vida me preguntaba por qué todo parecía tan igual y tan distinto. La compañía era prácticamente la misma, los lugares a los que acudimos fueron prácticamente los mismos: las mismas playas, los mismos bares, los mismos parques. Y sin embargo no hubo nostalgia. Y me sentí como un turista más, pese a chapurrear el idioma local, pese a conocer cada esquina de la ciudad. Yo no era más que otro turista, otro extranjero dispuesto a dejarse sus ahorros en pizzas grasientas y helados dulzones, y aunque me esforzaba a explicar a todo el mundo el clásico “mire usted, yo no soy como los demás, yo viví tres meses aquí…”, a nadie le importaba, quizás ni siquiera a mí mismo.

Me pregunto si el día que eche el vuelo seré capaz de escribir postales de amor como las tuyas, tan vívidas y descriptivas como una fotografía hecha texto. Y si cuando vuelva, si es que algún día vuelvo, me sentiré un turista más, de esos que rodean a los breakdancers de Leicester Square, de los que pasean con gafas de sol en Hyde Park o compran vestidos vaporosos en Camden Market.

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Londres, 12 de diciembre de 2012

Hoy me he obligado a escribir por la fecha tan curiosa que es (es la última de este siglo con tres números repetidos) y porque ya llevo una semana exacta aquí.

Soy de los que creen que las ciudades, más que verlas, hay que oírlas, y si se puede, olerlas. Las ciudades desprenden un olor especial, a veces real, a veces figurado, que te dice mucho sobre el tipo de sociedad que representan, sobre la gente que vive allí y sus formas de vida. Y aunque todas las ciudades, cuando ya has visto muchas, sean parecidas a la vista y al oído, siempre queda la diferencia del olor.

Y si me preguntas a qué huele Londres te diré que a comida y a dinero. A comida en las grandes avenidas de Camden, West Ham u Oxford Circus, a dinero en cada esquina, en cada pequeño comercio, en el sempiterno vagabundo pidiendo cash a la salida del metro y en la city, donde cientos, miles de empleados vestidos con traje impoluto salen y entran de trabajar a la misma hora.
Hoy he estado allí, y olía a dinero. A un dinero real, de billetes con pequeñas trazas de cocaína, y a un dinero figurado, de ese que se intercambia y vuela por la esfera de las finanzas sin llegar a materializarse en algo que se pueda tocar. Todo está hecho por, para y según el dinero. Incluso el plano de la ciudad, prácticamente redondo, parece una moneda de 10 pence un poco abollada por los lados.

Y en medio de la impersonalidad de los trajes, bufandas negras, take-aways y coffes-to-go, un pequeño rayo de imprevisibilidad. Un hombre con traje, camisa blanca, americana y corbata gris patinando en una pista de hielo de Liverpool St., dando vueltas una, otra y otra vez a la pista redonda. Como si incluso el pequeño resquicio de libertad que le deja su trabajo y su vida anodina tuviera vallas, restricciones. Pero ese hombre me hace agudizar el olfato y ya no es solo dinero lo que huelo, sino que por un mínimo instante también me llega el olor a sudor, a carne humana moviéndose, a cuerpos que se cruzan, abren la boca, sonríen y se rozan, que se tocan, que se acarician.

Y me acerco a donde patina el hombre, veo que hay una caseta cercana donde dispensan los patines. Voy hacia allí y pido un par; quiero formar parte de ese olor, de esa libertad vallada. El alquiler son 5 libras la hora.
Miro mi cartera. Tengo apenas dos con cincuenta.

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