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Londres, 3 de septiembre de 2013

Ya empieza a refrescar por las mañanas, y a hacer ese viento frío que parece que nunca va a parar, y que te entumece los labios como pidiéndote silencio.

Yo estaría mejor en casa. Yo estaría mejor recorriendo Barcelona bajo el sol o la noche calurosa, en Carrer Nou de la Rambla o en Joaquim Costa o en el Paral·lel, y no aquí entre calles sin nombre o cuyo nombre no sé ni quiero saber.

Yo estaría mejor bebiéndome una lata de cerveza sentado en algún bordillo de la Plaҫa Bonsuccés, y yendo al cine o quedándome en casa con aire acondicionado y la cocina de mi madre.

Ya se vienen cambios y aventuro que no serán buenos. Soy como esos analistas de bolsa que, tras mirar una pantalla llena de gráficos de color verde chillón sobre fondo negro, saben perfectamente cuánto subirán las acciones de tal o cual empresa. Analizan los patrones, como los analizo yo. Y nos equivocamos un par de veces cada siglo.

Yes, I’d be better at home. Or that is just the signature of a picture full of lies.

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Londres, 19 de agosto de 2013

Hoy, un crossover.

De todas las islas visitadas, dos eran portentosas. La isla del pasado, dijo, en donde sólo existía el tiempo pasado y en la cual sus moradores se aburrían y eran razonablemente felices, pero en donde el peso de lo ilusorio era tal que la isla se iba hundiendo cada día un poco más en el río. Y la isla del futuro, en donde el único tiempo que existía era el futuro, y cuyos habitantes eran soñadores y agresivos, tan agresivos, dijo Ulises, que probablemente acabarían comiéndose los unos a los otros.

Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño

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Londres, 1 de julio de 2013

Hay niebla, como en un domingo de junio en Brighton,

y es tan espesa y tan gris como la duda.

Para orientarse entre esta niebla no sirven luces ni mapas, ni siquiera el instinto, al que ves (o más bien, imaginas) hundiéndose en la posibilidad de no arriesgarse. A medida que te acercas a la costa esperas que todo se aclare y la niebla deje paso a una visión clara del mar, de las olas chocando, furiosas o apacibles, pero al fin y al cabo eternas.

Pero cuanto más avanzas, más difícil es saber si el mar está realmente ahí, y aunque las gaviotas vestidas de pulcro blanco te digan que sí, que ahí está, no las quieres creer. Y avanzas descalzo por lo que parece una playa llena de rocas pequeñas y algunas conchas de colores pálidos, con el temeroso deseo de sentir el frescor y el sobresalto del agua rozando los dedos de los pies.

Sabes, intuyes, que hay más como tú caminando a tientas en la niebla. A veces están lo suficientemente cerca para tocarlos y entonces os reconocéis y decidís caminar juntos o desearos la mayor suerte del mundo.

De vez en cuando algún ¡chof! que te hace alzar la mirada pero también desconfiar. ¿Habrá en este mar alguna Moby Dick para darle sentido a todo?

En esta niebla avanzar es el único problema y la única solución

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Londres, 17 de junio de 2013

Hoy es lunes.

Los lunes, como algunos martes y no pocos miércoles, está nublado. Está nublado y el tiempo pasa muy lento, como chocolate mal derretido cayendo en un molde en un anuncio de Lindt. 

Arropado en mi chaqueta de entretiempo camino hasta mi lugar de trabajo desde la parada del autobús, durante diez minutos que me sirven de reflexión. Diez minutos para escuchar mi pensamiento sin distracciones. Generalmente, las reflexiones de los lunes me provocan un estado de hipnosis que me dura todo el día, y un pesimismo que no me abandona hasta la tarde del miércoles, cuando sale un poco el sol.

Los lunes tienen muy mala fama, pero se la han ganado. Son como ese quinqui de tu barrio al que nunca has pillado cometiendo ningún delito pero sabes que algo malo ha hecho. Al igual que al quinqui, me gustaría evitar los lunes, o al menos, la reflexión de los lunes.

Y es curioso, porque cuando llega el viernes y vuelves a la parada del autobús por el mismo camino que tomaste el lunes por la mañana, crees que todo ha cambiado, que tres días después ya no habrá reflexión de los lunes y que el sol brillará en lo alto. Que no habrá pesimismo y que algo te habrá salvado del corredor de la muerte.

Pero llega otro lunes, y ahí está el camino, abriéndose paso entre casas bajas, árboles, coches con el volante a la derecha e inmigrantes polacos. Y vuelven las reflexiones, y el qué coño hago aquí, y el qué asco que sea lunes otra vez, y el odio este tiempo de mierda y este país de borrachos y sosos y odio mi trabajo y ojalá pudiera estar en casa todo el día sin hacer nada y good morning, how was your weekend?, it was good thank you y estoy deseando que llegue el viernes otra vez y sorry did you read my e-mail?

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Londres, 28 de mayo de 2013

IMG_3290No me estoy tomando esto en serio.

Ya sé que debería, pero no puedo quitarme la sensación de temporalidad de encima; es como un pelo mojado que se adhiere a las yemas de los dedos y se queda ahí, pegado, pese haber intentado innumerables formas de librarte de él.

La temporalidad hace que esté escribiendo este post en castellano, y no en inglés como seguramente debería. Al fin y al cabo, vivo en Londres, que de momento sigue siendo parte del Reino Unido y donde el idioma oficial es el inglés.

La temporalidad hace que lea periódicos españoles o catalanes, que escuche radios españolas o catalanas o que los twitteros a los que sigo sean españoles o catalanes hablando de España o Catalunya.

Quizás debería cortar con eso. Debería cortar los lazos que me unen a mi país; y cuando hablo de país no estoy hablando de territorio sino de mi(s) idioma(s), de mis amigos, de mi familia, de las calles y bares y supermercados que frecuentaba.
Olvidar todo eso y centrarme en el aquí y ahora, dejar atrás la sensación de temporalidad, porque seamos serios: es bastante probable que esto no sea temporal.

Y empezar a leer periódicos ingleses, escuchar radios inglesas y seguir a twitteros hablando sobre el Reino Unido. Y hacer amigos ingleses (o a fin de cuentas habitantes de Londres), formar una familia inglesa, frecuentar calles y bares y supermercados ingleses. Beber más té y comer más Cornwall pastries. 

¿Cómo se hace eso? ¿Cómo me sacudo esta fina lámina de temporalidad?

Te lo pregunto a TI, y no hablo de ningún dios, sino a TI, que vives en Roma y escribes cartas y a veces sonríes.

P.S. Me acabo de dar cuenta del detalle de “Roman” en la foto. Benditas coincidencias.

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Londres, 17 de mayo de 2013

La nostalgia es como un filtro de Instagram. Embellece artificialmente recuerdos y sensaciones cualquiera.

No importa si tu infancia fue desgraciada (me refiero a sin gracia, no a triste); siempre la recordarás como un período mágico cuando seas viejo. No importa si tu país es un trozo de tierra poblado con gentes horribles, lo echarás de menos cuando te marches fuera.

Y ya sé que todo esto es un poco estúpido, pero la nostalgia es como el amor, pura mercadotecnia. Se podrían vender magdalenas marca Proust, o albariño marca Morrinha. Hoy leía esa cita de Schopenhauer que dice “la vida es como péndulo que oscila entre el dolor y el tedio» y me ha hecho pensar en que en clase de física mis experimentos con péndulos siempre acababan en fracaso. Signifique eso lo que signifique.

Supongo que cuando estamos en fase de dolor tenemos nostalgia del tedio, y viceversa. ¿No te preguntas a veces qué pensarás de este momento preciso de aquí a, pongamos, sesenta años?

Vete preparando el azúcar.

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Londres, 18 de marzo de 2013

Los oirás a pleno día o a las tantas de la madrugada, en cualquier contexto y lugar. Los verás paseando por la calle, en el supermercado o tomándose una pinta de cerveza en algún pub. Se sentarán detrás de ti en el bus, frotándose las manos por el frío y escondiendo sus reconocibles rasgos tras abrigo, bufanda y gorro. Hablarán entre ellos y te obligarán a escucharles aunque no quieras.

Muchos acaban de llegar y algunos hace años que están aquí. A ambos grupos se les distingue por los ojos: los primeros llevan el brillo de aquel que no sabe qué pasará mañana; los segundos la ausencia del que algo echa de menos. Casi todos son jóvenes acostumbrados al mal llamado bienestar, a llevar en su bolsillo bastante dinero para un café, un concierto o para dejar propina en un restaurante decente.

La mayoría pertenece al nuevo (viejo) proletariado; trabajan de agentes comerciales, dependientas, camareras u operarios en las pocas fábricas que ya quedan. Poco importa qué hayan estudiado o la experiencia que hubieran acumulado antes de venir: ahora son una masa fría, un mal necesario. Otros -los más afortunados o los que hablan mejor inglés- fijan su mirada en una pantalla de ordenador, sus dedos en un teclado y su culo en una silla giratoria.

No se arrepienten de haber venido pero se preguntan cada día cuándo volverán, o si van a volver. Y sí, les gusta su trabajo, pero se frustran al intentar discernir si han renunciado a sus sueños o más bien se los han robado. Como el que habla ante un espejo, se quejan entre ellos del frío, de la gente, de los precios y del estrés de la ciudad, buscando el consuelo y la camaradería en su propio reflejo.

Algunos días se levantan orgullosos de su valentía y coraje, felices y -por qué no- un poco soberbios al mirar lo que dejan atrás.
Algunas noches se acuestan ahogando un llanto, preguntándose por qué nadie les avisó de que subiría la marea cuando construían castillos de arena en las orillas de la adultez.

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Londres, 3 de marzo de 2013

Volver.

Esa palabra maldita.

¿Cuándo vas a volver? ¿Te gustaría volver? ¿No vas a volver unos días?

¿Volver a dónde? ¿A qué? Ya nunca voy a poder volver, porque el lapso de tiempo que he vivido aquí y no allí jamás lo recuperaré. Ni quiero. Y quién sabe, quizás ya estoy de vuelta porque este era mi origen.

La bola de nieve que dejé en la nevera se está derritiendo. Los pocos rayos del sol que logran colarse entre un cielo de perfecto color #DCDCDC són cálidos, esperanzadores. Espera a la primavera, Bandini.

P.D. Perdona mi carta tan breve de hoy. Todavía no sé cómo me siento con respecto a varias cosas, todavía no he sintetizado algunos pensamientos. Y supongo que sólo tenía ganas de leerte otra vez.

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Londres, 21 de febrero de 2013

Me levanto a las 4.30 (AM) y al salir de casa me encuentro a un zorro escarbando la basura en mi puerta, lo que me da una perspectiva bastante clara de la hora que es. El animal huye veloz, como sorprendido de mi incursión en la noche, su mundo.

Pese a todo cuando me siento en la parada del autobús empiezan a acercarse otros madrugadores; trabajadores de supermercados, fábricas o comercios que se sientan junto a ti y se frotan las manos para combatir el frío mientras maldicen al bus que llega con retraso.

Llego al edificio de mi empresa a las 6 AM y me presentan a Ray, la persona con la que estaré trabajando hoy. Ray no me dirige la palabra y se dedica a ordenar papeles. Su manager, Kevin, me cuenta que Ray no le cae bien, que lo encuentra ofensivo y que siente que me haya tocado trabajar con él durante toda la jornada.

Después de cargar la furgoneta con olivas, salsas, aceites y vinagres, me subo al vehículo con los ojos aún pegados por el sueño. Tengo miedo de que el día se haga eterno, aburrido e inútil, pero de repente a Ray parece cambiarle la cara, me dirige la mejor de sus sonrisas y empieza a conversar conmigo.

Ray tiene ascendencia caribeña y ha estado trabajando para la empresa diez años. Aun así, es evidente que no está contento, y muestra su enfado con una retahíla de insultos dirigidos a Kevin, su jefe. Me explica por qué no está a gusto; no le pagan lo suficiente y las condiciones de trabajo no le satisfacen. Le propongo que cambie de empleo: diez años en la misma empresa pueden cansar a cualquiera. Ray me dice que está pensando en regresar a Barbados, su país de origen, pero necesita algún dinero para empezar un negocio allí.

Cuando entramos en la autopista, Ray enciende la radio. Suena música soul, y Ray me explica que lo que realmente le gusta es ser dj. Me pregunta qué música me gusta y se sorprende que conozca algunas canciones que ponen. Me habla de su infancia, rodeada de LP’s, mientras desde la radio suenan algunos clásicos de los sesenta y setenta.

Empezamos con las entregas en el centro de Londres. Cubos de olivas, vinagres y aceites son depositados en los almacenes, trastiendas y cocinas de los restaurantes. Ray trata el producto como trataría cualquier cosa, ya fuera un saco de cemento o una bolsa de diamantes. Para él, lo único que importa es acabar el trabajo rápido, volver a casa y relajarse con algo de música y un buen cigarrillo de marihuana.

Es asombroso ver cómo conduce la furgoneta entre las estrechas calles del Soho, de Covent Garden o de Picadilly. Frena, arranca, aparca, abre, entrega, cierra, arranca y se va. Todo ello en pocos minutos. Él lo define como reckless, me cuenta que es algo común a todos los conductores de furgonetas comerciales, y que no me tengo que preocupar por el cinturón de seguridad.

Ya son las diez y lo que parecía un Everest de recibos de entrega ya va siendo algo más tipo Mont Blanc. Sin embargo algo va mal. Uno de los productos que Ray tenía que entregar no está en la furgoneta. Jurando sobre la madre de todo el que pasa por allí, Ray se vuelve a montar en el vehículo y me explica su estrategia, ‘between you and me’. Piensa faltar toda la semana siguiente al trabajo, con la excusa de estar enfermo, solamente para poner a la empresa en problemas. Pienso entonces en que, a pesar de todo, ellos han ganado. Lo que antes era organización, unidad y lucha noble entre capitalista y trabajador, ahora se ha convertido en nada más que en pequeñas escaramuzas, venganzas mal disimuladas y total alienación.

Salimos del centro y Ray me pide que haga una entrega por él, ya que necesita algunos minutos para liarse un ‘beautiful Marley’. Me explica que su jefe olió marihuana en la furgoneta y estuvieron a punto de despedirlo, pero no le importa. Mientras pone un CD de dancehall y chupa su cigarrillo, Ray me cuenta cómo eran las cosas en la compañía cuando él empezó. Me dice que incluso hacían viajes a Barcelona cada año y, en ellos, el director fumaba con él. Por eso el hecho de que ahora le quieran echar por fumar le parece símbolo de cómo ha mutado todo. Ray sigue siendo joven, pero ya empieza a tener nostalgia de otras épocas, donde tocaba el claxon a chicas por la calle y no se enfadaban, donde en la empresa todo el mundo se conocía y reían juntos.

Acabamos la entrega y Ray me deja cerca de casa. Me saluda afectuosamente y me recuerda ‘between me and you’. Sonrío y le saludo con la mano, y mientras entro en el vagón del metro me imagino a Ray en una playa de Barbados, sujetando un porro en la mano, enseñando vida a cambio de nada.

P.D. Hay un tesó en cada lengua, y básicamente expresa una muestra de cariño corporativo o afecto automático. Así que, my dear, más vale considerarlo una muletilla en el habla que pensar que de verdad le importas algo a la panadera. Porque cuando no te lo digan, lo echarás de menos, y entonces tú también empezarás a usarlo. Y eso sí que no.

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Londres, 13 de febrero de 2013

Mi nueva habitación huele a viejo. A viejo y un poco a nuevo. Y hace frío.

Nunca he acabado de entender qué significa oler a viejo. Supongo que es el resultado de mezclar algunos de los olores característicos de la tercera edad: piel moribunda, colonia barata, ropa usada dos mil veces.

Mi habitación huele a viejo porque los muebles son viejos. Tanto que en uno de los cajones del armario he encontrado el Estado del Bienestar. La puerta chirría y no cierra bien. El papel de la pared fue azul. La silla en la que estoy sentado aquí, ahora, escribiendo estas líneas, es tan dura que podría picar cebolla en ella.

En mi nueva habitación hace frío. Tanto que me paseo por ella cubierto en una colcha del Primark que me costó 9 libras y una tarde de mala conciencia por comprar algo cosido por niños bangladesís en régimen de semiesclavitud. En mi nueva habitación hace frío porque el radiador funciona sólo por la noche, y aun así la temperatura a esta hora no supera los quince grados.

En mi nueva habitación me siento un extraño, en parte porque solo he dormido una noche aquí, oigo ruidos indescifrables que provienen del piso superior y voces en idiomas extranjeros. Conozco a dos -de tres- compañeros de piso. El primero, cuyo nombre he olvidado, es un señor húngaro con bigote. Los bigotes me gustan, siempre que sean reales, working class, y no esos cuatro pelos perfilados que llevan ahora los demasiado hipsters. Pues bien, este señor de bigote honrado y sonrisa amable me invitó a fish and chips la primera noche que estuve aquí. Dije que no tenía hambre, que me tenía que ir a trabajar. Él insistió, y como no me acordaba de en qué país del Este rechazar comida que te ofrecen es un crimen, comí con él, me empaché y llegué tarde a trabajar. Este señor, al que llamaremos Béla hasta que recuerde su nombre, trabaja los siete días a la semana conduciendo una furgoneta. Recuerdo que ayer cogía las patatas fritas con el dedo índice de su mano derecha porque el de la izquierda lo tenía cubierto por una aparatosa venda. No me atreví a preguntar por qué, pero seguramente nada escabroso, porque Béla es un buen tipo, un trabajador.

El otro compañero de piso que conozco es Dimitri. El nombre es real. Me lo encontré por primera vez ayer, mientras ordenaba en los armarios la poca compra que osé hacer en Lidl. Llevaba un cigarro de liar en la boca y pijama. Ojos soñolientos. Me dijo que era de Perpignan, así que le pregunté si hablaba catalán. Como tiene un acento francés bastante pegado a la lengua y en ese momento llevaba el cigarro en la boca, no entendí absolutamente nada de lo que me contestó. Así que me limité a sonreír y suponer que no, que no hablaba catalán, porque no nos engañemos; el porcentaje de jóvenes que hablan catalán en Perpignan tiene que ser bastante bajo. Él me preguntó por qué me había venido de Barcelona a Londres con el frío que hace aquí, y le contesté lo que le contesto a una media de diez personas a la semana: there are no jobs there, il n’y a plus de travail là-bas, non c’è lavoro, ništa, nada

Dimitri me mira con sus ojos negros soñolientos y asiente. Trabaja en un restaurante japonés. Un tipo francés con nombre ruso trabajando en un restaurante japonés. La globalización era esto. Me recomienda que compre un radiador eléctrico para combatir el frío. Pienso que es una buena idea, pero que lo compraré de segunda mano, porque ya he comprado una colcha enPrimark y una almohada enLidl y mi presupuesto semanal no está para alegrías de mayor calibre.

Lo que sí que he comprado es un ambientador, una de esas bolas de plástico tan aparentemente sofisticadas que parecen otras cosas, y luego te pasas la vida buscándolos y no los ves, porque tienen forma de tazas o libros o calcetines u otras cosas que todos tenemos en la habitación. De hecho, ahora que lo miro, ahí, encima de la estantería, pienso que si la pinto de plateado podría pasar por la estrella de la muerte. Incluso tiene una ranura en medio por donde se colaría el rubiales aquel con su nave.
La fragancia que suelta se llama Orchard Pear, y supongo que huele exactamente a eso, sea lo que sea.

Hoy he vuelto a casa y mi habitación ya no olía a viejo. Y hacía menos frío. Y la silla parece un poco más cómoda. Desde mi ventana se ve la calle, una avenida normal de un barrio normal en los suburbios de Londres. Miro hacia el exterior con afán de curiosidad, pero ya no hay nadie por la calle, ya no hay nada que ver. Y me siento un poco menos extraño.

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