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Londres, 12 de agosto de 2013

Pequeños episodios de vida cotidiana parte I

He ido a Sainsbury’s a comprar alimentos. Cuando me dispongo a pagar, la cajera se da cuenta de que estoy intentando comprar un cuchillo. Me pide el ID, como aquella vez que intenté comprar un mechero de cocina. Curiosamente no me lo piden cuando compro vino o cerveza, o cuando en aquella ocasión les compré una cajetilla de tabaco a unas adolescentes polacas (sin ninguna intención ulterior, debo añadir). Le enseño el ID a la cajera, que lo mira y sonríe. “Has adelgazado”, me dice. Y me acuerdo de mi madre -“has adelgazado” es su catchphrase- y me pongo triste. “Sí”, le respondo, mirando lo que he comprado, obviando la ausencia de carne.

Hablo con una desconocida y me cuenta no sé qué de pensar en positivo. Le respondo que yo he optado por lo contrario. Que voy a comprarme un libro sobre la fuerza del pensamiento negativo. Es más, me voy a convertir en un gurú del pensamiento negativo, y vender libros y dar charlas. Llevar a la gente al suicidio. Que ya estoy harto de toda esa mierda. La única energía que atraes pensando positivamente es bastante poderosa y se llama frustración. Se ríe. Piensa que estoy loco. Nos vemos a los 40 y me cuentas.

Repaso las tareas semanales con mi equipo de trabajo. Entre las tareas semanales de mi jefa está la de revisar currículums de candidatos a sustituirme en el puesto. Lo dice en voz alta y después su Pepito Grillo le avisa de que estoy ahí, que todavía no me he fundido con la mesa. Y me dice que lo siente. Y no la creo, y me dan ganas de darle golpes en la cabeza con el ratón hasta que se cree un agujero en su cráneo y podamos intuir su cerebro entre el reguero de sangre. Pero sonrío y le digo que no pasa nada.

Creo que me vuelvo. Ya he seleccionado varias ofertas de trabajo a jornada completa por 400€ al mes. Da igual que aquí cobre 3 veces más.

A no ser que alguien me llame.

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Londres, 17 de junio de 2013

Hoy es lunes.

Los lunes, como algunos martes y no pocos miércoles, está nublado. Está nublado y el tiempo pasa muy lento, como chocolate mal derretido cayendo en un molde en un anuncio de Lindt. 

Arropado en mi chaqueta de entretiempo camino hasta mi lugar de trabajo desde la parada del autobús, durante diez minutos que me sirven de reflexión. Diez minutos para escuchar mi pensamiento sin distracciones. Generalmente, las reflexiones de los lunes me provocan un estado de hipnosis que me dura todo el día, y un pesimismo que no me abandona hasta la tarde del miércoles, cuando sale un poco el sol.

Los lunes tienen muy mala fama, pero se la han ganado. Son como ese quinqui de tu barrio al que nunca has pillado cometiendo ningún delito pero sabes que algo malo ha hecho. Al igual que al quinqui, me gustaría evitar los lunes, o al menos, la reflexión de los lunes.

Y es curioso, porque cuando llega el viernes y vuelves a la parada del autobús por el mismo camino que tomaste el lunes por la mañana, crees que todo ha cambiado, que tres días después ya no habrá reflexión de los lunes y que el sol brillará en lo alto. Que no habrá pesimismo y que algo te habrá salvado del corredor de la muerte.

Pero llega otro lunes, y ahí está el camino, abriéndose paso entre casas bajas, árboles, coches con el volante a la derecha e inmigrantes polacos. Y vuelven las reflexiones, y el qué coño hago aquí, y el qué asco que sea lunes otra vez, y el odio este tiempo de mierda y este país de borrachos y sosos y odio mi trabajo y ojalá pudiera estar en casa todo el día sin hacer nada y good morning, how was your weekend?, it was good thank you y estoy deseando que llegue el viernes otra vez y sorry did you read my e-mail?

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Londres, 21 de febrero de 2013

Me levanto a las 4.30 (AM) y al salir de casa me encuentro a un zorro escarbando la basura en mi puerta, lo que me da una perspectiva bastante clara de la hora que es. El animal huye veloz, como sorprendido de mi incursión en la noche, su mundo.

Pese a todo cuando me siento en la parada del autobús empiezan a acercarse otros madrugadores; trabajadores de supermercados, fábricas o comercios que se sientan junto a ti y se frotan las manos para combatir el frío mientras maldicen al bus que llega con retraso.

Llego al edificio de mi empresa a las 6 AM y me presentan a Ray, la persona con la que estaré trabajando hoy. Ray no me dirige la palabra y se dedica a ordenar papeles. Su manager, Kevin, me cuenta que Ray no le cae bien, que lo encuentra ofensivo y que siente que me haya tocado trabajar con él durante toda la jornada.

Después de cargar la furgoneta con olivas, salsas, aceites y vinagres, me subo al vehículo con los ojos aún pegados por el sueño. Tengo miedo de que el día se haga eterno, aburrido e inútil, pero de repente a Ray parece cambiarle la cara, me dirige la mejor de sus sonrisas y empieza a conversar conmigo.

Ray tiene ascendencia caribeña y ha estado trabajando para la empresa diez años. Aun así, es evidente que no está contento, y muestra su enfado con una retahíla de insultos dirigidos a Kevin, su jefe. Me explica por qué no está a gusto; no le pagan lo suficiente y las condiciones de trabajo no le satisfacen. Le propongo que cambie de empleo: diez años en la misma empresa pueden cansar a cualquiera. Ray me dice que está pensando en regresar a Barbados, su país de origen, pero necesita algún dinero para empezar un negocio allí.

Cuando entramos en la autopista, Ray enciende la radio. Suena música soul, y Ray me explica que lo que realmente le gusta es ser dj. Me pregunta qué música me gusta y se sorprende que conozca algunas canciones que ponen. Me habla de su infancia, rodeada de LP’s, mientras desde la radio suenan algunos clásicos de los sesenta y setenta.

Empezamos con las entregas en el centro de Londres. Cubos de olivas, vinagres y aceites son depositados en los almacenes, trastiendas y cocinas de los restaurantes. Ray trata el producto como trataría cualquier cosa, ya fuera un saco de cemento o una bolsa de diamantes. Para él, lo único que importa es acabar el trabajo rápido, volver a casa y relajarse con algo de música y un buen cigarrillo de marihuana.

Es asombroso ver cómo conduce la furgoneta entre las estrechas calles del Soho, de Covent Garden o de Picadilly. Frena, arranca, aparca, abre, entrega, cierra, arranca y se va. Todo ello en pocos minutos. Él lo define como reckless, me cuenta que es algo común a todos los conductores de furgonetas comerciales, y que no me tengo que preocupar por el cinturón de seguridad.

Ya son las diez y lo que parecía un Everest de recibos de entrega ya va siendo algo más tipo Mont Blanc. Sin embargo algo va mal. Uno de los productos que Ray tenía que entregar no está en la furgoneta. Jurando sobre la madre de todo el que pasa por allí, Ray se vuelve a montar en el vehículo y me explica su estrategia, ‘between you and me’. Piensa faltar toda la semana siguiente al trabajo, con la excusa de estar enfermo, solamente para poner a la empresa en problemas. Pienso entonces en que, a pesar de todo, ellos han ganado. Lo que antes era organización, unidad y lucha noble entre capitalista y trabajador, ahora se ha convertido en nada más que en pequeñas escaramuzas, venganzas mal disimuladas y total alienación.

Salimos del centro y Ray me pide que haga una entrega por él, ya que necesita algunos minutos para liarse un ‘beautiful Marley’. Me explica que su jefe olió marihuana en la furgoneta y estuvieron a punto de despedirlo, pero no le importa. Mientras pone un CD de dancehall y chupa su cigarrillo, Ray me cuenta cómo eran las cosas en la compañía cuando él empezó. Me dice que incluso hacían viajes a Barcelona cada año y, en ellos, el director fumaba con él. Por eso el hecho de que ahora le quieran echar por fumar le parece símbolo de cómo ha mutado todo. Ray sigue siendo joven, pero ya empieza a tener nostalgia de otras épocas, donde tocaba el claxon a chicas por la calle y no se enfadaban, donde en la empresa todo el mundo se conocía y reían juntos.

Acabamos la entrega y Ray me deja cerca de casa. Me saluda afectuosamente y me recuerda ‘between me and you’. Sonrío y le saludo con la mano, y mientras entro en el vagón del metro me imagino a Ray en una playa de Barbados, sujetando un porro en la mano, enseñando vida a cambio de nada.

P.D. Hay un tesó en cada lengua, y básicamente expresa una muestra de cariño corporativo o afecto automático. Así que, my dear, más vale considerarlo una muletilla en el habla que pensar que de verdad le importas algo a la panadera. Porque cuando no te lo digan, lo echarás de menos, y entonces tú también empezarás a usarlo. Y eso sí que no.

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